Colaboradora
“Este
hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin
entrañas de pasado […] es sólo un caparazón de hombre […] carece de un
«dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se
pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser
cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que
tiene obligaciones”. José Ortega y Gaset nos describe al hombre promedio que
sigue vigente; el hombre que no se compromete, que no aspira a la
individualidad creativa, que se salva en el anonimato y se esconde hasta de sí
mismo detrás de una máscara que ha elaborado para sobrevivir al riesgo que
representa ser y pensar diferente. Ya Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad, habla de la
propensión del mexicano a la simulación, como un rasgo de su personalidad. En
palabras de Adolfo Sánchez Vázquez, “el problema que caldea al libro, sigue
siendo el de la identidad del mexicano. Identidad de un carácter o ser que,
para Paz, se cifra en su lejanía del mundo, de los demás y de sí mismo,
ocultándose o enmascarándose tras su hermetismo, recelo, machismo, su modo de
amar y de relacionarse con la mujer, su predilección por la forma, la
simulación, la mentira y el disimulo”.
Aunque
la creación de máscaras y la pasión por las representaciones no sean un rasgo
exclusivo de los mexicanos, la predilección por la imagen y la apariencia la observamos
y vivimos a diario, tanto en expresiones mínimas y cotidianas, como en
discursos e imágenes de significado trascendente.
Ahí
tenemos a las madres que visten a sus hijas de menos de diez años de edad,
literal como princesas de cuento, con vestiditos de lentejuelas, tacones,
diademas y por si eso fuera poco, les pintan los labios y las uñas. Así las
enseñan a ser adultitas desde la edad temprana, alterando el proceso natural de
madurez para adaptarse a imagen y semejanza de las aspiraciones maternas. Las
niñas simulan ser jovencitas cuando apenas tienen cinco años de edad.
Otro
ejemplo de simulación aquellos hombres ya mayorcitos de edad, de más de
sesenta, que se disfrazan de seductores y viven en la eterna conquista de
mujeres más jóvenes, como si eso fuera a detener el tiempo y sus naturales
estragos. Lejos de construir relaciones maduras y duraderas, prefieren vivir en
el imaginario del eterno adolescente. Están también los advenedizos que se
disfrazan de políticos, porque visualmente son atractivos, carismáticos, buenos
oradores y casi siempre tienen el apoyo de alguien en el medio. En fin por
ejemplos no paramos.
Esta
serie de reflexiones me lleva a pensar en el último reporte de la OCDE donde
aseguran que los mexicanos se encuentran entre los habitantes más felices del
planeta, de acuerdo a la encuesta aplicada en 156 países del reporte de
Felicidad Mundial 2013, publicado por el Earth Institute de la Universidad de
Columbia.
Pues
bien, entre los países que reportan un mayor índice de felicidad están Dinamarca,
Noruega, Suiza, Holanda y Suecia. México aparece nada más y nada menos en el
lugar 16, pese a la enorme diferencia de los contextos económicos y los factores
que determinan la calidad de vida, la brecha es breve.
¿Cómo es
que un país con serios contrastes sociales, con uno de los mayores índices de
desigualdad económica y de género, con los salarios más bajos de los países que
integran la OCDE, un crecimiento económico por debajo de lo deseable, y altos
índices de violencia, produce mexicanos felices?
Entonces
me remito a la descripción que hace Ortega y Gaset, con la que inicio esta
reflexión: en la disposición (¿natural? ¿cultural?) para fingir ser cualquier
cosa y en esa capacidad (histriónica) para simular lo que no es (Octavio Paz) y
crear escenarios y personalidades (máscaras) festivas que nos dan la apariencia
de ser, no solo socialmente funcionales, sino muy felices, corroborando la
profecía autocumplida del efecto Pigmalión.
Conscientes
de nuestros orígenes, historia y vinculados al pasado en términos de
aprendizaje. Seguros de nuestra capacidad para construir y no solo reproducir:
ideas, conceptos, arte, modelos, esquemas y propuestas. Valientes a la hora de
definirnos y fortalecidos en nuestra autoestima, enfocados más a los contenidos
que a las formas, a la realidad sobre la fantasía; los mexicanos tenemos mucho
que dar en términos de autenticidad, en lo individual y en lo colectivo, como
personas comprometidas con su felicidad y como ciudadanos comprometidos con la
calidad de su entorno.



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