lunes, 9 de junio de 2014

La hora de la definición


Por Levy Barragán
Colaboradora








“Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado […] es sólo un caparazón de hombre […] carece de un «dentro», de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones”. José Ortega y Gaset nos describe al hombre promedio que sigue vigente; el hombre que no se compromete, que no aspira a la individualidad creativa, que se salva en el anonimato y se esconde hasta de sí mismo detrás de una máscara que ha elaborado para sobrevivir al riesgo que representa ser y pensar diferente. Ya Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad, habla de la propensión del mexicano a la simulación, como un rasgo de su personalidad. En palabras de Adolfo Sánchez Vázquez, “el problema que caldea al libro, sigue siendo el de la identidad del mexicano. Identidad de un carácter o ser que, para Paz, se cifra en su lejanía del mundo, de los demás y de sí mismo, ocultándose o enmascarándose tras su hermetismo, recelo, machismo, su modo de amar y de relacionarse con la mujer, su predilección por la forma, la simulación, la mentira y el disimulo”.


Aunque la creación de máscaras y la pasión por las representaciones no sean un rasgo exclusivo de los mexicanos, la predilección por la imagen y la apariencia la observamos y vivimos a diario, tanto en expresiones mínimas y cotidianas, como en discursos e imágenes de significado trascendente.

Ahí tenemos a las madres que visten a sus hijas de menos de diez años de edad, literal como princesas de cuento, con vestiditos de lentejuelas, tacones, diademas y por si eso fuera poco, les pintan los labios y las uñas. Así las enseñan a ser adultitas desde la edad temprana, alterando el proceso natural de madurez para adaptarse a imagen y semejanza de las aspiraciones maternas. Las niñas simulan ser jovencitas cuando apenas tienen cinco años de edad.

Otro ejemplo de simulación aquellos hombres ya mayorcitos de edad, de más de sesenta, que se disfrazan de seductores y viven en la eterna conquista de mujeres más jóvenes, como si eso fuera a detener el tiempo y sus naturales estragos. Lejos de construir relaciones maduras y duraderas, prefieren vivir en el imaginario del eterno adolescente. Están también los advenedizos que se disfrazan de políticos, porque visualmente son atractivos, carismáticos, buenos oradores y casi siempre tienen el apoyo de alguien en el medio. En fin por ejemplos no paramos.

Esta serie de reflexiones me lleva a pensar en el último reporte de la OCDE donde aseguran que los mexicanos se encuentran entre los habitantes más felices del planeta, de acuerdo a la encuesta aplicada en 156 países del reporte de Felicidad Mundial 2013, publicado por el Earth Institute de la Universidad de Columbia.

Pues bien, entre los países que reportan un mayor índice de felicidad están Dinamarca, Noruega, Suiza, Holanda y Suecia. México aparece nada más y nada menos en el lugar 16, pese a la enorme diferencia de los contextos económicos y los factores que determinan la calidad de vida, la brecha es breve.


¿Cómo es que un país con serios contrastes sociales, con uno de los mayores índices de desigualdad económica y de género, con los salarios más bajos de los países que integran la OCDE, un crecimiento económico por debajo de lo deseable, y altos índices de violencia, produce mexicanos felices?

Entonces me remito a la descripción que hace Ortega y Gaset, con la que inicio esta reflexión: en la disposición (¿natural? ¿cultural?) para fingir ser cualquier cosa y en esa capacidad (histriónica) para simular lo que no es (Octavio Paz) y crear escenarios y personalidades (máscaras) festivas que nos dan la apariencia de ser, no solo socialmente funcionales, sino muy felices, corroborando la profecía autocumplida del efecto Pigmalión.

Conscientes de nuestros orígenes, historia y vinculados al pasado en términos de aprendizaje. Seguros de nuestra capacidad para construir y no solo reproducir: ideas, conceptos, arte, modelos, esquemas y propuestas. Valientes a la hora de definirnos y fortalecidos en nuestra autoestima, enfocados más a los contenidos que a las formas, a la realidad sobre la fantasía; los mexicanos tenemos mucho que dar en términos de autenticidad, en lo individual y en lo colectivo, como personas comprometidas con su felicidad y como ciudadanos comprometidos con la calidad de su entorno.


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