Maestra
en Historia
Hace algunos meses escuché una conversación
de café entre dos hombres que, a primera vista, me parecieron medianamente
letrados. Esta percepción cambió cuando uno le preguntó al otro: ¿quién es la
mujer con la que te vi en el cine? Y el aludido respondió: “ah sí, es una
pompi”. También he tenido el privilegio de verlos filosofar respecto a la
naturaleza de la mujer, la cual les resulta incomprensible y, entonces, sólo
atinan en decir: “ya sabes cómo son las viejas”.
Ni modo, es un hecho, las mujeres de
Occidente en el siglo XXI aún cargamos con los resabios de la sociedad patriarcal-machista
reflejada y reproducida en el léxico cotidiano. Con esto me viene a la mente la
periodista Cristina Pacheco, quien afirma que para saber a dónde vamos no
debemos olvidar de dónde venimos. Por ello, a manera de remembranza, vale la
pena recuperar algunos fragmentos de la literatura producida en siglos pasados
tanto en Oriente como en Occidente.
El famoso libro de Las mil y una noches puede ser un buen comienzo para estos fines.
Recordemos que estos cuentos surgieron de la tradición oral de la sociedad
islámica y fueron escritos entre los siglos VII y XVI. En una de las historias
que componen la obra, la de “Aladino y la lámpara maravillosa”, se nos devela
un pasaje interesante en cuanto a la idea que se tenía de la mujer cuando la
madre de Aladino está esperando al Sultán para pedirle la mano de la princesa
para su hijo, pero no se atreve a hacerlo por ser una simple plebeya. Entonces
el visir, que no la conocía, le dijo al sultán: “debe ser una mujer que no
viene más que para quejarse de pequeñeces. Seguramente dirá que su marido la ha
golpeado”.
Ya en el siglo XIX, el filósofo alemán Arthur
Schopenhauer dedica algunos improperios a las mujeres, que hoy podemos leer en
la obra El arte de insultar. Para
empezar, este autor se refiere a la naturaleza del género femenino de la
siguiente manera en el apartado Las
mujeres y los niños: “Las mujeres son idóneas como cuidadoras y educadoras
de nuestra primera infancia precisamente porque ellas mismas son infantiles,
bobas y de cortos alcances, en una palabra: son de por vida niños grandes, una
especie de escalón intermedio entre el niño y el varón, el cual es la persona
humana propiamente dicha”.
En cuanto al papel que las mujeres de su
tiempo debería desempeñar en la sociedad, este pensador alemán sostiene: “la
auténtica dama europea es un ser que no debería existir, sino solo debería
haber amas de casa y muchachas que esperasen llegar a serlo, y que por tanto no
fuesen educadas para la arrogancia, sino para ser mujeres de su casa y para el
sometimiento”.
En la Rusia de ese mismo siglo, el escritor Anton
Pavlocich Chejov, uno de los narradores más reconocidos de su tiempo, también
se refiere a las mujeres de manera nada halagüeña en el cuento Tristeza. En éste el protagonista es un
hombre pobre, viudo, de avanzada edad, que acaba de perder a su único hijo y tiene
la profunda necesidad de compartir su pena con otros hombres, pero nadie lo
escucha, a nadie le importa su dolor. Al no encontrar un interlocutor, el
narrador de la historia sugiere: “Lo mejor sería contárselo todo a cualquier
mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta
decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas”.
Con estas ideas que los hombres de todos los
tiempos y de diversas latitudes han tenido respecto de las mujeres, queda claro
por qué en pleno siglo XXI algunos de sus congéneres, no todos afortunadamente,
nos reducen a una simple ‘pompi’.


















